
Dicen los politólogos americanos que el fenómeno del Tea Party -el movimiento político liderado por Sarah Palin que está a la derecha del Partido Republicano en Estados Unidos- puede hacerle mucha pupa a Obama. Sin ir más lejos, han ganado en las Primarias republicanas a los candidatos oficiales con su discurso “ultra”, adelantando por la derecha a la propia ex gobernadora de Alaska.
Para muchos, estamos a las puertas de una involución del pueblo americano que a pesar de su presidente siempre tiene un pie en el extremismo patriótico que tan mal le fue a George W. Bush. Lo que no nos esperábamos es que nadie se acercara a compartir el espíritu de ese movimiento aquí en España.
Y ha sido Esperanza Aguirre la que no ha tenido reparos en reconocer que comparte en buena medida los postulados del Tea Party, aunque hablando de España, se apresuró a rebautizarlo como Café Party. Enseguida la izquierda se ha echado las manos a la cabeza y quizá algún miembro de su partido, también. Pero haciendo un ejercicio de análisis saludable, me pregunto: ¿tan malo es pedir que haya menos impuestos, menos intervencionismo del Estado y un gran pacto entre PP y PSOE para salir de la crisis?
No sé si me tomaré el té o el café con Aguirre un día de estos a las cinco de la tarde, pero lo que sí sé es que si lo hiciera, no podría negarle la mayor, al menos en lo de los impuestos y en la necesidad de buscar un acuerdo entre los dos grandes partidos nacionales. Eso nos ahorraría mucho dinero destinado a contentar a los nacionalistas y otro tanto en mantener el estado autonómico actual que multiplica el gasto para que unas comunidades autónomas saquen pecho frente a otras.
Todo el mundo, incluida Esperanza Aguirre, tiene algo de razón en lo que dice. Pero si acudiera a ese Café Party con ella sí que le diría que con los socialistas madrileños en plena euforia post primarias, camino de la Puerta del Sol, no es el momento de imaginarla, sorbo a sorbo, en un sofá al lado de Sarah Palin.











