La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.(George Orwell)


BLOG DE PERIODISMO URGENTE



lunes, 6 de junio de 2011

WATCHING IN SILENCE (II): CORE, la ciudad del descanso

Endemoniados, seropositivos, enfermos con brotes psicóticos, alcohólicos, drogadictos, ladrones, personas afectadas por estrés postraumático... ¿queda algo peor en la lista?, probablemente, pero todo es efecto de la guerra y la pobreza. En Sierra Leona cabe tanto sufrimiento como podamos imaginar.


A pesar de ello, en medio del caos, tiene que haber esperanza. Y quizá La Ciudad del Reposo sea una manera de mantenerla viva. La cámara de Pep Bonet logra el contacto con la piel oscura y maltratada de los que se dejan retratar, a menudo cabizbajos, entregados, pero generosos ante el objetivo que no los analiza, simplemente los contempla bajo la sombra de los muros. Como este interno que se lava a conciencia con apenas medio cubo de agua.

City Of Rest (CORE) es un lugar a medio camino entre el infierno de los peores demonios y la luz que se ve al final del túnel, en uno de los países más pobres del mundo. En agosto de 2006, Pep Bonet volvió a la tierra de las minas de diamantes para bajar a los infiernos donde sobreviven los ultrajados por el conflicto. CORE es un proyecto de rehabilitación promovido por la Iglesia de la Liberación en la capital, Freetown, donde tratan tanto a personas mutiladas por los rebeldes como a los niños soldados que aprendieron a matar y ahora aprenden a vivir.



La guerra dejó más de 50.000 personas con trastornos psíquicos severos y al menos 300.000 con problemas de depresión y necesidades de tratamiento psiquiátrico.
-“Fotografiar City of Rest fue como entrar en un mundo surrealista, en el que nadie, ni yo mismo, estaba seguro de nada. Un lugar de silencio mantenido entre el grito de la locura o el espasmo de la abstinencia. Un purgatorio africano en el que se utiliza la Biblia como terapia y se aplica una receta bien simple: descanso, comida y oración”-, dice Pep.

Los miembros de la Iglesia de la Liberación aseguran que hay pacientes poseídos. Por eso combaten al demonio con la palabra de Dios. Les hacen rezar varias veces al día, comen otras tantas y obligan a los enfermos a descansar. Cada fotografía mantiene la tensión mental que padecen los internos, como si fueran sus ojos los que nos llevan por cada pasillo, por cada celda. El objetivo se centra sin temor allí donde una mano se extienda para coger la nuestra, dejando en segundo plano el castigo de estar detrás de la reja.

Los internos aparecen envueltos en su propia niebla. Puede que la rutina les proporcione un poco de paz pero en sus mentes hay demasiado horror para tan pocos medios. La mayoría de los pacientes son jóvenes de entre 11 y 35 años. Su misión en la vida no va más allá de volver a ser personas con dignidad. Y eso no se consigue fácilmente en Sierra Leona.

-“Allí se pelean entre ellos, unos pasan el día entero en su jergón pronunciando letanías enfermizas o caminan encadenados contando baldosas en el suelo. La mayoría de los internos van medicados hasta las cejas, otros ciertamente mejoran aunque más tarde vuelven a caer. Salen rehabilitados pero fuera encuentran lo de siempre, una vida sin posibilidades, sin dinero y sin el orden que encontraron dentro. Por eso regresan una y otra vez, atrapados por el miedo”- .


La serie de fotografías de City Of Rest, un lugar tan delicado para mostrar la condición humana, acaba siendo un canto a la empatía con los pacientes, un ejemplo solidario entre el que muestra su miseria y quien procura respetarla, evitando el encuadre fácil que esperamos para ofrecer otro que enseña menos pero perdura más.


Idea original y desarrollo, Pep Bonet (World Press Photo y Eugene Smith awarded).
Redacción, Ignacio Jarillo
Más información y adquisición de libro:
http://www.fonart.com/
http://www.pepbonet.com/ (redirigido a web de Noor agency, porfolio global de Pep Bonet y su obra)

WATCHING IN SILENCE (I) : Blind Faith, la fe ciega

Blind Faith (fe ciega) es la primera entrega de reportajes del libro Watching in Silence que publicamos el fotoperiodista Pep Bonet y yo (Editorial Fonart) en mayo de 2011. Una manera de recordarnos cómo viven los que ni siquiera pueden disfrutar de la crisis, los que no acampan para protestar porque ya nacieron acampados.


Esta primera entrega es una historia experimental en Sierra Leona, donde decenas de miles de personas murieron durante la guerra civil que asoló el país entre 1991 y 2001. Muchos seres humanos quedaron inválidos para siempre a causa del horror y los abusos que provocó el conflicto bélico más sangriento de la historia moderna de África. La escuela para ciegos de Milton Margai en Freetown, acoge a muchos niños, algunos de los cuales son víctimas de la guerra, otros tuvieron la dudosa suerte de ser ciegos de nacimiento y aunque nunca vieron sí padecieron los horrores del conflicto y su desastre humanitario.

En ese centro de atención de invidentes no hay esperanza para ver de nuevo la luz del día pero sí para el consuelo. Con escasos recursos para recuperar el ánimo de los niños a los que el horror arrebató la vista por culpa de las explosiones o las mutilaciones, la escuela abre sus puertas cada día con un coro de voces que invitan a confiar en un futuro de paz. Allí suena la música del piano a diario. Es la luz que les falta en los ojos.

Los niños sonríen ajenos al fotógrafo mientras las yemas de sus dedos aciertan a leer las páginas en un libro escrito en idioma Braille. Son rostros inermes, ajenos a un objeto que les apunta pero que esta vez sólo disparará para grabar en nuestra retina el rostro quebrado de su inocencia. Así es Kinny, para muchos el modelo más universal de Pep Bonet.


Un niño ciego que por fortuna no sufrió la tortura perpetrada por los rebeldes, habituados a quemar la vista de otros niños con plástico ardiente. Cada mañana Kinny despierta tras los muros de la escuela buscando en silencio su propia mirada. Con las primeras luces del alba su rostro se ilumina al encontrar la luz entre las tinieblas, como si él y sus compañeros pudieran ver por un instante el sol del que sólo notan el calor en sus mejillas. Es un momento que les devuelve la fe ciega en un nuevo día de paz y que les aleja un poco más de los años del plomo y la pólvora.

La escuela para ciegos de Milton Margai sigue aún hoy en pie. Entre sus oscuras paredes se cuela el brillo del intenso albor que abrasa los rostros de los que nada ven pero todo sienten. Un desafío para el encuadre en el que la luz forma parte de la historia aunque ninguno de ellos pudiera verla. Sin ella no les veríamos igual entre los muros. A pesar de ella, nunca podrán vernos. Ahora usan otra luz, la que llevan dentro para seguir su camino empedrado de tropiezos.


Cada fotografía es aquí una historia completa, un enfoque autónomo que no necesita de las demás para ser comprendida. Pero si se observa en silencio la serie entera resulta una epopeya de personajes heroicos, inéditos, perfectos. Os invito a mirar en silencio.


Idea original y desarrollo, Pep Bonet (World Press Photo y Eugene Smith awarded).

Redacción, Ignacio Jarillo


Más información y adquisición de libro:




http://www.pepbonet.com/ (redirigido a web de Noor agency, porfolio global de Pep Bonet y su obra)

sábado, 28 de mayo de 2011

15-M, LA RE-EVOLUCIÓN (II)

La acampada en Sol fue una buena idea. Demostró a los políticos que el motor más joven, con más energía de la sociedad aún es capaz de pensar, de rebelarse y de hacernos sentir a los demás que hay otra forma de hacer crecer esta sociedad. Puede que muchos no estén de acuerdo con esto y lo comprendo, pero en sí misma, la acampada, la manifestación, el movimiento M-15 no fue una mala noticia.

Cualquiera que esté de acuerdo con su cabeza sabe que estamos en una situación límite, en circunstancias impensables hace muy pocos años y sea cual fuere su ideología política, cualquiera ha dicho hace poco eso de : no me explico cómo este país no explota por algún sitio. Pues ahí lo tienen, ahí lo tenemos. Por eso acamparon en Sol los que más fácil lo tenían, por edad, por energías. No carguemos las tintas contra ellos. Pero todo tiene un límite.

Ahora la acampada ya no provoca buenos sentimientos, ya no tiene el efecto sorpresa, es víctima de ataques justificados, comienza a traer problemas de orden público, perjudica la venta de los comercios y, en mi humilde medida, se somete a juicios críticos como el que escribo. Luego algo falla.

Mis días entre las carpas pasaron rápido, porque me divertí viendo cómo los protestantes se organizaban en foros de debate, desde seguridad, inmigración, política económica, ciudadanía, hasta asambleas sobre la conveniencia o no de dejarnos grabar a los medios lo que decían ¡en la plaza pública!. Había debates y diálogo en cualquier metro cuadrado de esa plaza, bajo la ausente mirada de Carlos III, ajeno a lo que cocía a sus pies el pueblo de Madrid.

Recuerdo a profesores, madres de familia, jubiladas, trabajadores de banca, estudiantes, mendigos y periodistas, todos unidos en un mismo círculo, casi dándose la razón unos a otros hablando de lo mismo: necesitamos el sistema, si, pero quizá haya que cambiarlo bastante. Todo era posible, pero no interminable. Ahora también hay que cambiar el 15-M. ¿Sirve la acampada, tal cual?, ¿perjudica a demasiados?

Lo ocurrido en Barcelona en la Plaza de Cataluña es un aviso para navegantes. La policía se empleó duro para disolver a los manifestantes, pero éstos tampoco se lo pusieron fácil. Quizá haya llegado la hora de hacer otra revolución: la re-evolución. La resistencia pasiva tuvo su momento, ahora el pueblo está más formado, domina las redes sociales y si quisiera podría organizarse y diseñar un plan de protesta con propuesta. No basta con acampar indefinidamente, hay que proponer y convencer a los demás de que hay otra vida política más allá del bipartidismo, donde la democracia real que muchos defienden sea una realidad en las urnas, no sólo una reunión en la plaza del pueblo.

lunes, 23 de mayo de 2011

15-M, BRINDIS AL SOL (I)

Sol ha sido la puerta de la esperanza para muchos. Sigue siendo un brindis cargado de buenas intenciones. Y que nadie les pida nada más, que sólo son jóvenes sin futuro por ahora, no consejeros de la banca. Bastante hacen con promover la no violencia y la protesta con propuesta.


Por ahora sólo brindan si, y no lo digo contra ellos, ni con ellos. He pasado muchas horas estos días allí, viéndolos nacer lona a lona, cartón a cartón y frase a frase. Ha sido una experiencia buena y no voy a negar que enriquecedora.


Una semana de protesta juvenil, convertida poco a poco en movimiento social ha hecho al menos retomar conciencia. Porque la conciencia siempre está presente pero no siempre la hacemos nuestra. Ha conseguido que unos y otros se molesten en mirarlo de reojo, que muchos medios hagan una pausa y valoren la noticia con el tiento que requieren los acontecimientos especiales. Sin atreverse a ir a favor o contra descaradamente, ni siquiera los más radicales. Porque, ¿quién les niega la mayor a los que piden más justicia, más democracia, más decencia, menos gasto, menos corrupción o menos paro?


Algo está pasando dentro de nosotros y no nos damos cuenta, pero lo que está pasando es bueno. Lo intuimos desde hace tiempo. Quizá estos jóvenes hartos sólo han echado la chispa a la hierba seca y recién segada. Parece que no prende porque tiene los tallos cortos pero lo hace lentamente, buscando donde estén más altos para extenderse.


El movimiento M-15, Acampada en Sol, Spanish Revolution, Democracia Real Ya! o como quieran llamarse, tiene ante sí el reto de superar estos días, de aguantar. Muchos de los que no han ido por allí, no saben que sus carpas de obra, sujetas con vientos improvisados, están llenas de cerebros preparados, de gente quizá en paro que encuentra allí un modo de hacerse valer y de generar conocimiento entre los demás.


Hay físicos, arquitectos, deportistas, informáticos, licenciados en derecho, matemáticos, dibujantes de Bellas Artes, ingenieros... aquello es un maldito centro de alto rendimiento conectado con el mundo entero y provocando más adhesiones cada día. Allí hay más talento que perroflautas, que también los hay, de acuerdo.


En este tipo de movidas siempre hay cojosmanteca dispuestos a ver qué pescan en el río de la revolución. Por cierto que a los de la cresta o los pelos rasta no les gusta que no se pueda beber cerveza ni fumar porros o mear en la estatua de Carlos III. Ellos esperaban una revuelta al uso y se han encontrado con gente indignada, no con gente indigna a la causa, con perdón de la expresión, porque todos somos dignos, ya lo sé.


Seguiré hablando de ellos... ¿Hay algo mejor que hacer que brindar al sol de primavera?, pues eso. Que esta gente brinda, pero por un mundo mejor y mientras, van terminando su borrador de propuestas al Congreso. Habrá que leerlas.
















miércoles, 13 de abril de 2011

UN LIDER GLOBAL EN EL PSOE

El Partido Socialista Obrero Español se enfrenta a un final de ciclo. Se cumple así una ley no escrita del subconsciente colectivo que, sea por una guerra sucia, por una mala guerra o por la peor de las crisis, acaba con el gobierno de turno para dar paso al cambio que tanto desea el que aspira a gobernar.

Y en nuestro país el cambio bien puede ser el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy. En su contra, dos elecciones perdidas y esa sensación entre los suyos y los que no son lo suyos de que no hay nada mejor. A su favor, un aura de hombre formal, curtido en la vida pública, con experiencia de gobierno innegable, de sobra conocido y por supuesto con unas encuestas que aupan a su partido a lo más alto, a una distancia de entre diez y quince puntos sobre el PSOE. Un pronóstico demoscópico que si bien sólo sirve para tenerlo en cuenta influye bastante en el ciudadano indeciso que, como en el fútbol, suele ir con el que va ganando.

Pero el PP sabe muy bien que no hay que confiarse y se mantiene alerta por lo que pueda pasar en la otra acera, donde los socialistas se miran unos a otros buscando a un nuevo líder. ¿Quién será el elegido?. A las bases socialistas les gustan las primarias, porque es ahí donde dicen que demuestran lo que es su partido: un espacio abierto a cualquier militante que dé la sorpresa, como ocurrió con el casi desconocido diputado leonés Rodríguez Zapatero en el 35º Congreso del partido, en el año 2000.

Y, por eso, en las próximas primarias quizá salga elegido alguien "casi" desconocido, que no es cualquier militante, pero cuya cabeza privilegiada ya se valora más fuera de España que dentro. Un hombre al que Zapatero debió hacer más caso de lo previsto y cuyas ideas y discurso han calado hondo en los centros de poder más decisivos del planeta.

Mientras los Rubalcaba, Bono y Chacón actúan de teloneros, alguien que por ahora se mueve mejor en la sombra, se deja querer en serio. Su nombre es Bernardino León y lo de menos es que hoy todavía sea Secretario General de la Presidencia. Los que le han oído hablar en foros internacionales advierten al PSOE que puede ser el líder global que busca su partido. Un perfil de posible candidato sobradamente preparado que tal vez llegue demasiado pronto para enfrentarse a Rajoy, cada día más sólido, pero que ya llega tarde para los hambrientos de confianza que manejan la economía internacional.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Libia vale, pero ¿y Gaza?

Libia es hoy, con permiso de Japón, el centro de atención internacional. Las guerras se venden bien en la prensa, nos hacen llenar líneas y líneas e inundan como un tsunami las pantallas de televisión de medio mundo. El otro medio, el de siempre, espera expectante por si se repite la historia de Irak. Y Japón, afortunadamente, no ha estallado en mil pedazos, aunque ha faltado poco y todavía no podamos cantar victoria, o como dicen por allí, Tora, Tora.


No sabemos aún lo que ocurrirá, pero sí sabemos que Estados Unidos no quiere otra guerra de esas que siempre libra fuera de su territorio. También sabemos que en Libia, cómo no, hay petróleo y muchos intereses geoestratégicos de esos que tanto gustan a los estudiosos del Pentágono o de la OTAN. Por eso los rusos miran con recelo a los aliados. A Putin y los suyos, todo lo que suene a alianza no les gusta, salvo la suya, claro, que quedó maltrecha a ese lado del antiguo muro.


Está bien, vale. Todo sea por el pueblo libio y sus ansias de libertad. Todo sea por evitar que sufra una población que soporta desde hace más de cuarenta años el mismo yugo de Gadafi y sus haimas. Todo sea por la democracia, por los derechos humanos, pero... ¿Y Gaza?, ¿y Palestina?


Hace tiempo que no oigo hablar de un proceso de paz que sigue siendo como el cuento de la buena pipa: un juego de palabras que no parece importar a nadie. Y mientras, su población, la más densa del mundo, la que no tiene un árbol bajo el que cobijarse del sol, se pudre sin agua potable, sin alimentos frescos.


Gaza sobrevive al socaire de lo que decidan sus vecinos de Israel dispuestos a matar moscas a cañonazos, si pero hartos del terrorismo histórico que padecen. Esa franja palestina mantiene un hálito de vida a merced de sus propios dirigentes, Hamás y Al Fatah, empeñados en mantener la tensión con Israel, como si su sentido de la vida fuera siempre la guerra, no la paz. Parecen acostumbrados al victimismo y adivino su miedo atroz a afrontar una solución que les dejaría sin identidad de pueblo oprimido. A ellos, a los dirigentes palestinos, su pueblo reclama al menos un acuerdo para acabar con sus luchas intestinas. Eso es lo primero. Después, ya llegará la hora de entenderse con el vecino. Pero mientras, el pueblo se muere en vida.


Menos mal que iniciativas ciudadanas en el mundo entero y especialmente en España se preocupan por lo que no es noticia y siguen enviando ayuda a la población palestina, a pesar de Israel, si, aunque no toda la culpa sea suya ni mucho menos. Por suerte el pueblo de Gaza sigue existiendo en la mente de muchos, como el de Sáhara, como el de Somalia, como el de Japón...


Porque si sólo ayudamos a los que salen en la tele cada semana, acabaremos mandando sacos de harina, tiendas de campaña y medicinas solo a los concursantes de Gran Hermano.

lunes, 7 de marzo de 2011

A 110, HAY VIDA

Se confirma la tendencia. Vamos a menos, si. Pero eso no significa que vayamos a peor. Simplemente vamos a menos. A menos sueldos, a menos trabajo, a menos humos, menos alcohol, menos gasto, menos crecimiento y también a menos velocidad en la carretera.
Lo mejor de ir a menos son las consecuencias positivas que habrá a largo plazo. Todo lo bueno tarda en cuajar, pero perdura en el tiempo. Ahora hay que ir a 110 Km/h. como máximo y nos parece absurdo pero demos margen al cambio y veremos cómo salimos ganando. No creo que el Estado ahorre mucho dinero en la factura del petróleo pero creo que correr menos tendrá muchas ventajas que sabemos pero no reconocemos y menos en público, donde parece haber siempre un discurso contra las nuevas normas.
Al ciudadano le cuesta aceptarlas, porque los cambios de hábito van contra la rutina humana y supone un esfuerzo, una contención de nuestras ansias de libertad para hacer lo que queramos. Pero como ocurrió con la ORA, con los carriles BUS y VAO, con la prohibición de fumar o de beber al volante y con tantas otras cosas, al final seremos más felices porque habremos equilibrado un poco más nuestra forma de vida, enfocada a disfrutar a despecho de los demás. Sabemos que es así en el fondo de los fondos.
No creo que haya una conspiración de los gobiernos del mundo para controlar cada vez más al ciudadano. Prefiero pensar que somos mejores desde que reciclamos en tres contenedores distintos, que fumamos mucho menos a diario desde que no dejan echar humo en lugares públicos, que puedo emplear parte de mi tiempo en atender a los míos si no hay tanto trabajo, que como no gano tanto, no necesito tanto, que ya no hay casi borrachos al volante, que los minusválidos pueden aparcar en su zona porque respetamos su plaza, que me traigo las bolsas de casa al Hiper y no al revés, que comparto gastos de gasolina con mi vecino o que todos vamos más despacio en coche.
Y queda mucho camino por recorrer. Todavía hay que ajustarse más a nuevas normas que están pidiendo a gritos un poco más de humanidad en nuestras relaciones y actividades como ciudadanos. A 110 km/h hay vida, mucha vida, más que a 130 o 150. Sé que es duro acostumbrarse pero dentro de un tiempo nos parecerá demasiado deprisa.

martes, 22 de febrero de 2011

MIEDO Y ESPERANZA


Dice Daniel Goleman, uno de los padres de la psicología moderna que el miedo es un arma poderosa para defendernos y prevenir una situación de alto riesgo. Nos avisa, nos prepara, actúa como un resorte que tensa las articulaciones e irriga los músculos con más sangre a la vez que reactiva nuestra respiración por si hay que salir corriendo. Esa era su tarea natural, garantizar la supervivencia, provocar un estado de alerta por si las moscas. Ese miedo es el que hay que tener.

Pero hemos pasado del miedo a la preocupación crónica, las más veces, a la preocupación injustificada; como si estar preocupados nos alejara mágicamente de los malos presagios. Bien, los expertos en inteligencia emocional, como Goleman, creen que eso nos resta posibilidades ante el peligro. Estar agobiados sin descanso reduce nuestra capacidad cerebral y por lo tanto consume energías para estar alerta, para administrar el miedo como debe ser, con ilusión. Sólo así podemos alargar la Esperanza de vida. Y escribo esta palabra con mayúscula porque creo que viene al caso.

La Presidenta de la Comunidad de Madrid se ha sometido a una operación de cáncer de mama, detectado en una revisión ginecológica rutinaria. Es una de las muchas mujeres que saben gestionar el miedo y lo utilizan para su beneficio. Su cáncer ha sido detectado gracias a ese estado de alerta y no de preocupación inconsciente que padecen muchas mujeres que aún le tienen miedo (¿otra vez esa palabra?) a las revisiones mamarias.

Esperanza ha sido valiente, proactiva y ha demostrado una entereza como la que se espera de un personaje público. No fue fácil para ella decir: tengo que desaparecer de la circulación unos días porque me operan de cáncer. Pero no tuvo miedo a hacerlo, ni a operarse. Creo que hoy se merece todo nuestro cariño. Porque las personas conocidas son como los demás solo que no lo parecen. Y si algo se les puede exigir es estar a la altura de las circunstancias. Esperanza Aguirre así lo ha hecho y nadie de los que comparten o no su ideología o su adscripción política podrá negar la valentía que ha tenido para coger al miedo por los cuernos y usarlo como es debido. Todo irá bien. Hay Esperanza.






viernes, 28 de enero de 2011

NIGERIA, NACER EN PENA DE MUERTE

Idea de proyecto y Fotos:


Pep Bonet (World Press Photo 2009)
Texto: Ignacio Jarillo

Este bebé es pura vida. Acaba de nacer, pero más de 700 bebés y 150 madres mueren cada día en Nigeria por motivos evitables durante o después del parto. Y la amenaza de muerte de los seres humanos de esta historia se duplica en el norte del país. Porque Nigeria es parte de África, la tierra del todo o nada. Ser viudo o huérfano es el resultado de morir antes de ver nacer a un hijo o al poco tiempo de haber nacido.




Las gemelas Umia y Rokia sólo tienen 12 días y pocas esperanzas de vida. Amanecen bajo un techo de brezo y barro, en un suburbio de Katsina,
400 kilómetros al norte de la capital, Abuja, y patria chica del malogrado presidente del país, Umaru Yar´Adua, un líder enfermo cuya muerte, el pasado 5 de mayo, tampoco sorprendió a nadie en Nigeria. La madre de las niñas sabe reconocer a la muerte cuando ronda a sus pequeñas. Acuna a la primera de ellas en su regazo con la esperanza de que esta vez no ocurra. Waraka ha tenido 16 partos, pero el marido, Musa, no puede conseguir alimentos para mantener a tantos niños. Antes era un pequeño ganadero, ahora casi no puede alimentar a sus cabras. Su familia, como el 60% de la población nigeriana, se dedicaba a la agricultura, pero tras el hallazgo de yacimientos de petróleo, que generan el 20% del PIB del país, todo cambió a peor en Nigeria. Musa y los que son como él ya no cuentan para el Estado.















Waraka mece a su bebé Umia, muerta por desnutrición. Musa, su marido, sostiene a la gemela Rokia aún con vida.



La ambición y sucesión de gobiernos corruptos civiles y militares provocó una desatención global sobre los otros recursos naturales, los que dan de comer a su pueblo. Y sin comida no hay esperanza. La esposa de Musa ha perdido ya seis niños cuando aún eran casi bebés. La desnutrición, una neumonía o una simple diarrea se los ha llevado.

Waraka dice que sigue viva para seguir pariendo porque su nombre significa suerte. Los hijos que le quedan juegan o dormitan entre la sombra de las acacias y la basura de las cabras amontonada junto a los muros de adobe. Waraka y Musa pasan las horas preocupados. Quizá haya que ir al hospital. Es casi mediodía y sus pequeñas se deshidratan. Rokia, la otra gemela parece aferrarse mejor a la vida.

Los cooperantes de Save the Children les ofrecen apoyo y alimentos. Este caso les resulta familiar. Les recuerda al de Uleima, una joven madre a quien visitaron hace unos días y que debe estar aún en el hospital. Sus gemelos nacieron con muy poco peso, en otro parto casero complicado que redujo aún más sus posibilidades de supervivencia. Al dar a luz uno de los niños ni se movía. Ya llevaba muerto un tiempo dentro de ella. Uleima salió de casa con la esperanza de mantener vivo al otro.

Nos dirigimos a la casa del vecino de Musa: Hamballi, un joven padre de tres hijos ya mayores, Abul, Naja y Saifull, cuya mujer también hubo de ser ingresada de urgencias a punto de dar a luz a sus nuevos gemelos. Nadie abre la puerta. Se han ido al hospital. Aunque era un parto de alto riesgo para la madre, el marido no la dejó ir al paritorio hasta el último momento. Aún no hay noticias de ellos.


Lo dice Djambo, su vecino que siempre está asomado en la puerta de su casa y sabe a cada minuto lo que pasa en esa calle. Djambo vive del trabajo de su mujer desde que se quemó las manos robando petróleo en un oleoducto. Muchos nigerianos lo hacen para fabricar una mezcla barata de gasolina. Robar petróleo comenzó siendo puro sabotaje contra el gobierno especulador de la dictadura de mediados de los 90. El General Sani Abacha permitió a las multinacionales que destrozaran el Delta del Níger, pero Djambo se quemó el rostro y los brazos por necesidad, no por ecologismo. Y la choza donde vive lo refleja. Nigeria obtiene el 80% de sus ingresos del negocio del crudo, pero su población malvive en la miseria.

El final de la calle acaba en una esquina donde vive Tahiru, otro padre de 37 años. Nos recibe con atuendo impecable en su humilde casa. Cuando entramos se nota enseguida que falta la mano de una mujer. Tahiru subsiste en la pobreza, como los dos tercios de la población del norte de Nigeria, el país más poblado del continente con 150 millones de habitantes. Orgulloso, el padre sostiene en sus brazos a la pequeña Binta. Ella sólo parece tener ojos para él. La pequeña levanta las manos hacia su cara como si quisiera tenerlo aún más cerca. Así se pasa horas –asegura con tono muy responsable-, le prometí a Myriam que siempre cuidaría de ella –añade mientras asiente comprometido. Binta lanza grititos de felicidad. Ha comido hace poco y ya se retuerce de sueño, pero no quiere dormirse salvo en brazos de su padre. A su tía la quiere pero sólo para tomar el pecho. Su padre sonríe de satisfacción mientras la viste. Hoy estrena un vestido color verde pistacho que a su madre le gustaría mucho. Binta nació hace tres meses mientras ella moría desangrada en el parto. La niña sobrevive gracias a su tía que también está criando, pero anoche tuvo fiebre y hay que vigilarla.

Cada día nacen 11.000 niños y niñas en Nigeria. Pero casi el 10% de ellos muere antes de los cinco años. La tasa de mortandad de bebés en Nigeria es la más alta de África.

Y es que en Nigeria la vida se abre camino a pesar del hambre, la malaria, el VIH o la tradición que impide a una mujer acudir al hospital para parir sin el permiso del esposo. La mayoría de las mujeres no tienen acceso al sistema de salud, ni pueden decidir su atención médica ante un embarazo.

Los cooperantes acuden ahora a casa de Aisha, una joven soltera que parió sola en la vergüenza de no tener marido que la sustentara. A pesar de ello, parió en casa con el apoyo de una matrona voluntaria. Las midwifes ofrecen una ayuda inestimable a una sociedad que no puede costearse una atención médica hospitalaria y además rechazada culturalmente. Utilizan todo tipo de hierbas medicinales para hacer las curas propias de un parto. Muchas de ellas acompañan a las madres con problemas a la clínica y allí continúan su labor en la cabecera de la cama. No tienen formación académica sólo la experiencia de haber asistido de jóvenes a multitud de partos de extrema dificultad y en pésimas condiciones higiénicas.


La niña de Aisha, Fátima, parecía sana, aunque le faltaba peso desde que nació la pasada semana. La puerta está abierta pero nadie atiende a la llamada. Con el calor sofocante de esas horas no debería haber salido, y menos con una recién nacida. Si no está es que algo pasa.

Nuestro itinerario lleva un orden de seguimiento y el equipo de atención médica de los cooperantes no pierde el tiempo. Al otro lado de la ciudad, Maymuna ha nacido hace tres noches. Hacía allí nos dirigimos para ver a su madre. Hafsat parió en casa con la ayuda de Habsatu, la traditional midwife, experta matrona que por respeto a la tradición musulmana no nos dejó fotografiar el parto pero nos enseña una cuchilla de afeitar oxidada con la que cortó el cordón umbilical de la pequeña. Maymuna también ha llegado a este mundo cuando su padre no estaba en casa. Nació a destiempo y en peligro de muerte. Tiene fiebre muy alta pero lo alarmante es el aspecto de su minúscula espalda. Por eso la llevaron a toda prisa al hospital.

En la clínica Turi Yaradua de Katsina no es fácil para un fotógrafo de sexo masculino sacar fotos de las mujeres que llegan a punto de parir. Es complicado ganarse la confianza del director de la clínica y de las enfermeras, temerosos todos de incumplir las costumbres musulmanas. Pero, con la ayuda del grupo de Save The Children, por fin visitamos a Hafsat, veintiún años, recién ingresada con su pequeña. Sus ojos tiemblan empapados de tristeza cuando Hadiza, la hermana-enfermera, coloca boca abajo a la bebé. Pesa menos de dos kilos y, como nos temíamos, padece de espina bífida. Así lo revela la protuberancia que aparece en su espalda. Hafsat parió en su casa, estuvo a punto de morir pero sólo acudió a la Maternidad de Katsina cuando su marido regresó de viaje y autorizó el traslado.

Hadiza agradece a los cooperantes su labor de seguimiento pero suspira y reniega en silencio, desesperada. No le gusta que le hagan fotos pero nos anima cuando nos ve tan concernidos por lo que pasa. Son muy pocas enfermeras como ella en la clínica y tiene la sensación de ayudar siempre cuando es demasiado tarde.

Abandonamos el Turi Yaradua y cruzamos la ciudad por la avenida de Kofar kaura, una de las arterias principales, infestada de motocicletas con tres ocupantes abordo, zigzagueando entre camiones al calor sofocante del mediodía. A lo lejos se ve la mezquita de Katsina rodeada de jardines. Pero nuestro destino es el servicio de pediatría del Hospital Federal.

Con permiso del médico responsable de la planta, una enfermera nos invita a conocer a los pequeños huéspedes de la maternidad. Los que luchan sin saberlo contra la estadística del país. Así conocemos a Aminu y a su hijo de un año de edad Munir, que nos mira con la tristeza de haber sufrido el hambre desde mucho antes de salir de la tripa de su madre. Ella le acuna esperando que el pequeño coja peso cada día y puedan volver a casa. Munir parece perdido entre la ropita que le queda grande debido a la malnutrición de los primeros meses. La enfermera aprovecha el tiempo y se ocupa de pesar a Hasab, un retoño rollizo de más de dos kilos que acaba de nacer.

Seguimos por los pasillos vacíos de la maternidad donde, a pesar de la pobreza, se aparcan camastros de hierros oxidados recién pintados y jergones viejos con sábanas que aún huelen a limpio. La hermana enfermera quiere que conozcamos a otra mujer que sí es motivo para la esperanza. Ya hemos oído hablar de ella a los cooperantes. A la entrada del inmenso “nido” lleno de cunas blancas, nos presenta a Uleima, la joven madre de gemelos que nos recibe con resignada sonrisa, unos ojos negros inmensos y la piel de ébano tan brillante como su mirada. Sabe que venimos a conocer al bebé que le queda.

Bajo su manto verde bordado de grandes flores, aparece una pequeña cabeza tocada con un gorrito de algodón de gasa. Su hermano gemelo ya está enterrado y poco a poco sólo será un recuerdo. Pero él está sano, dormido y en el lugar indicado para seguir viviendo. El hospital es para muchas madres la última oportunidad de salvar a sus bebés, no la primera.

-“El gobierno de Nigeria es el que menos gasta en sanidad de toda África-, apunta Raquel Palmer, responsable de Save The Children en Europa-. Nigeria es el país africano con mayor índice de muertes de recién nacidos. Su voluntad política sigue siendo el principal escollo para mejorar la estadística. Es un problema más grave que el dinero, ya que la mayoría de las muertes que se producen al nacer son fácilmente evitables. Sólo el 1% de los niños duerme bajo mosquiteras tratadas con insecticida que les proteja de la malaria. Sólo una cuarta parte de los bebés deshidratados son atendidos convenientemente y apenas un 33% de los niños con neumonía reciben algún tipo de tratamiento”.

La maternidad, a pesar de todo, es un lugar lleno de vida, de pequeños corazones latientes y diminutos pulmones que se ensanchan para captar oxígeno aunque no siempre tengan una mano que les acaricie. Sin dejar la sala, captamos la imagen de otro prematuro al que todavía no han puesto nombre sobre la incubadora que lo protege de la dura vida que le espera. Cabe en la palma de una mano, pero duerme a sus anchas tapado con un pañal tan grande que le llega hasta su pequeño pecho. A pocos metros, en el paritorio la vida nace bajo control. En este hospital parece que nace un bebé casi cada minuto. No hay tiempo para la tristeza. Esa se queda en casa de las mujeres que cumplen la ley machista de parir sin ayuda médica.

No queremos irnos sin conocer más finales felices. Junto a la sala donde lavan a los bebés que acaban de nacer, otra madre suspira confiada en la salud de su hijo. Se llama Halifa, es musulmana, como casi todas las mujeres en el norte de Nigeria. Tiene dieciocho años recién cumplidos y la vida le ha dado hoy el mejor regalo que podía esperar: su pequeño ha mejorado y está fuera de peligro. Vino de nalgas al mundo en un parto casero, pero lo más difícil fue que su marido permitiera que el médico de guardia la atendiera en el hospital. Un traslado urgente salvó al niño y a la madre. Ella todavía mira con vergüenza al padre del bebé por no haber sabido aguantar en casa. Como las buenas parideras...

Al otro lado de la sala, en el paritorio, se oye una extraña letanía. Como si alguien diera gracias al cielo. Es Malika, de 26 años que jadea agotada tras ver nacer a su bebé. Junto a la camilla aún encharcada, reposa casi desnuda. La niña que ha salido de su tripa está bien. Logró dar a luz en el hospital por la insistencia de su familia. Malika da las gracias a las enfermeras de pediatría y saluda asintiendo al equipo de cooperantes. Después se vuelve hacia la pared medio desnuda para evitar el objetivo de la cámara.


Nigeria es África en estado puro. Antes de convertirse en exportador de petróleo producía el 96% de su sustento. Ahora es uno de los países importadores de alimentos más pobres del mundo.


Los suburbios de Katsina, Jibia o Abuja, son lugares llenos de vida. Las ciudades de Nigeria están superpobladas, pero la alegría corre por sus calles en las sonrisas de los niños que salieron adelante.

Muchos de ellos no van al colegio porque se ganan la vida acarreando agua de las fuentes, pero el país tiene un 68% de alfabetización entre su pueblo. A cada minuto, los enormes bidones blancos que llevan y traen para vender nos recuerdan que el agua corriente aquí es un espejismo.

Al otro lado de la plaza se oyen voces escolares. Los alumnos de la escuela salen al recreo después de escribir en la pizarra. Nabila y todas sus amigas de la escuela privada llevan la cabeza cubierta como corresponde a la sharia, ley islámica que aumenta en los estados del norte. La religión musulmana predomina en esa zona del país. En el sur, es la católica.




El auge del conflicto entre ambas sociedades coincidió con la llegada a la presidencia de Olusegun Obasanjo, cristiano de le etnia yoruba, en 1999. Desde entonces se ha cobrado ya 13.000 víctimas, incluida la matanza de Jos, en la provincia de Plateau, al este de la capital, el pasado 7 de marzo, en la que murieron al menos 500 personas. En su mayoría eran mujeres y niños cristianos que perecieron tras el ataque de un numeroso grupo de pastores musulmanes sunníes de la etnia fulani. Pero en ambas religiones, también hay cosas en común: la esperanza de vida se apaga poco a poco. En 2011, Nigeria no llegará a los 48 años de media.

Volvemos a casa de Waraka, tras una jornada de seguimiento por los hospitales. Allí ya no hay tiempo para la esperanza, ni andan sobrados de suerte. Hay otras cosas más urgentes: preparar un nuevo entierro. Umia, la pequeña gemela, ha muerto mientras no estábamos; a los trece días de vida. Su madre, sentada a la puerta de su casa y rodeada por su familia, la tapa entre paños de vistosos colores y la llora como si fuera la primera que pierde. Musa, el marido, nos mira y enseña a la otra gemela a la cámara. Rokia ha cogido peso y saldrá adelante. No puede evitar una amarga sonrisa.




Cada año cerca de 9 millones de niños mueren en el mundo con menos de cinco años de edad, la mayoría por desnutrición.





Pasado el mediodía, volvemos a pasar por la casa de Aisha. El cobertizo de adobe no tiene más ventana que la propia puerta. Dentro sólo hay una pequeña estera trenzada a mano, dos bidones y una caja de madera de frutas sobre la que reposa un cartón de leche enmohecido. En el umbral, su vecina nos alerta. Aisha salió con urgencia para buscar ayuda. Fátima no estaba bien. En la maternidad del hospital tardaron varias horas en atender a la niña.
La pequeña es fuerte pero aún tiene que luchar. Está en la UCI infantil. Diagnóstico tardío: meningitis. La traditional midwife, que la ayudó a nacer, le lleva por si acaso un saquito de hierbas medicinales del puesto que regenta su marido en el mercado de Jibia, a 20 kilómetros de Katsina. Aisha se lo agradece con lágrimas en la mirada. La medicina tradicional de las matronas nigerianas es la más utilizada por los pobres, pero su instrumental para atender un parto, como esa cuchilla oxidada, daría escalofríos al hombre blanco.

Cae la tarde en el suburbio de Katsina. Hamballi, el vecino de Waraka, ha vuelto por fin a su casa de adobe. Sus tres hijos entran cabizbajos. Al volver del hospital todos llevan el dolor asumido en la mirada. No traen buenas noticias.

La madre dio a luz a dos gemelos, sí, pero murieron en el parto. Un día después ella murió también de una hemorragia que nadie supo atender con garantías. Se fue con ellos. Nada se pudo hacer. Fue tarde incluso para acudir al hospital. Hamballi prefería que los bebés nacieran como él, en casa. En Nigeria, la tradición dicta sentencia demasiadas veces. La muerte en África, como en todas partes, es enemiga de la vida, pero allí la vida es demasiado corta para darse cuenta de la muerte. Ya lo advirtió en sus versos el poeta africano.

“Aunque llegué al final del viaje,
Jamás sentí que hubiera llegado.”

(Wole Soyinka, Premio Nóbel nigeriano de literatura, 1986)

Fotos: Pep Bonet © , http://www.pepbonet.com/
Texto: Ignacio Jarillo ©

Más información y cooperación:



www.savethechildren.es
Teléfono: 902013224

lunes, 17 de enero de 2011

LA CADENA DE SORPRESAS


2011 es para casi todos un año sospechoso. La experiencia de 2010 nos ha hecho ser más cautelosos de lo previsto. Todos hemos deseado Feliz Año casi con la boca pequeña porque en realidad no nos lo creemos demasiado. Pero la crisis no sólo trae cosas malas: paro, impago de deudas, desahucios, más paro..., la crisis está haciendo más humano al ser humano, dentro y fuera de Madrid, dentro y fuera de España y está llena de sorpresas.

Y es que desde hace unos meses surgen miles de iniciativas encaminadas al ahorro de esfuerzo, de gasto y de tiempo y aumenta el consumo de algo tan denostado como la solidaridad entre iguales: cada vez hay más gente que comparte tartera en el trabajo, coche, combustible, libros de texto... Internet está plagado de webs para promover el trueque, tú enseñas inglés a mi pequeño los martes y jueves y mi hija mayor da clases a la tuya de matemáticas; te cambio la consola de videojuegos por tu bicicleta de montaña. No me digan que no es genial. Necesitaríamos la mitad de la mitad de lo que compramos si fuéramos así siempre.

Pues bien, ayer un desconocido me cambió su ticket de turno en una ventanilla de la Seguridad Social porque me vio mirar el reloj y me ahorró media hora de espera, "yo no tengo tanta prisa", me dijo. Me quedé de piedra, le di las gracias y él a mí una tarjeta. En ella podía leerse: "¿sorprendido?, ahora te toca a ti hacer una buena acción". No, no era su tarjeta de visita era la tarjeta de La Buena Cadena, The Good Chain. Se alejó invitándome a que investigara sobre ella. Acudí a la página web www.thegoodchain.org y me encontré con una larga cadena humana de personas que se hacen favores unos a otros y se pasan esa tarjeta blanca y verde.

Me pareció una idea genial. En dicha web encontré historias de gente que hace buenas acciones a otros, conocidos o no, por el puro placer de ayudar y de dar ese mensaje de cooperación, de ayuda, de humanidad. Resulta que un tipo contaba que el operario de la cabina de peaje de la autopista R2 le dio una tarjeta como esa de parte del conductor que acababa de pasar por la barrera y le dejó pasar sin pagar porque el de delante ya le había pagado el peaje.

Otra mujer contaba cómo un joven desconocido le regalaba un poemario que ella había hojeado en la librería en la que estaban ambos, y por supuesto con la tarjeta. Así hasta que oí una entrevista en la radio a uno de esos "ángeles" que se dedican a repartir tarjetas y buenas acciones. Era alguien que ni siquiera dio su nombre completo. Dijo: "sólo soy parte de la cadena humana de favores que pretende despertar el ser humano que llevamos dentro". Ya ven, la crisis todavía es capaz de sorprendernos. Hoy saldré a la calle con mis tarjetas blancas y voy a dar más de una sorpresa.