La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.(George Orwell)


BLOG DE PERIODISMO URGENTE



miércoles, 14 de diciembre de 2011

DE PUENTE

Los madrileños más castizos y los que no lo son, utilizan la preposición ”de” como locución adverbial de modo, para definir un estado de ánimo temporal, que tiende a durar poco. "Aquí... de lunes" o "ando de bajón", son expresiones y, en el fondo, lugares comunes que utilizamos a menudo para que los demás comprendan nuestra manera de afrontar algo.

Con la crisis, sin duda ambos ejemplos se hacen más palpables y poco discutibles, aunque los usemos más por inercia que por ajustarnos a la realidad. Es probable que muchos se sientan así: de lunes, sin pensar que eso significa estar en el trabajo un lunes, algo que en si ya es un lujo. De hecho, tengo a mi alrededor gente que lo está pasando mal, con la que afortunadamente no me puedo comparar, porque siempre hay personas que están peor que uno. Y como no voy a quejarme de lo que no debo, no lo hago.

Muchos de esos conocidos, sin acordarse del rosario de penas que contaron hace diez días, me cuentan sus planes para irse en estos puentes y fiestas navideñas a pasar unas cortas vacaciones; con casa rural, avión, forfait de esquí, etc, incluidos, que me dan qué pensar...

Me alegro por ellos pero: O no hay tanto paro, o es posible que haya demasiada economía sumergida, o nos quejamos demasiado o nos gusta dar pena o no nos va tan mal o seguimos disfrutando del momento y salga el sol por Antequera o como decía aquel: “...no es que en España se libre mucho, es que siempre libramos los mismos.”

Que no hay tanto paro, lo dudo; que hay demasiada economía sumergida, lo supongo; que nos quejamos demasiado, también; que nos gusta dar pena... creo que lo justo, porque para chulos, nosotros; que no nos va tan mal, ya saben que lo comparto y que nos gusta disfrutar el momento hasta puede que sea bueno.

Debe ser por eso que el otro día llamé para interesarme por una cabaña en la sierra y me dijeron que estaba todo reservado. Me alegré por el consumo (nunca imaginé que algún día escribiría esta frase) y me alegré por vivir en un país que, a pesar de todo, sueña con irse de puente aunque esté a un pelo de vivir debajo de él.







jueves, 1 de diciembre de 2011

INVIERNO POCO HECHO

Aún está por llegar pero ya se acerca. Será una época larga, unos días oscura pero otros, amanecerá luminosa, radiante y fría; ese frío seco que nada tiene que envidiar al húmedo de la costa, menos apetecible en esta época del año.

Hablo del invierno que nos espera. Repleto de atascos  para ir, para volver, pero también lleno de esperanza, de ganas de seguir adelante, de nuevos proyectos con los que no contábamos, de impensables soluciones que aparecen para paliar lo que hasta ahora nos preocupa.

¿Qué sabemos de lo que nos traerá este invierno?, sólo suposiciones, nada más. Quizá un nuevo mega centro comercial a la vuelta de la esquina. Sí, cerca de mi casa hay uno a punto de estrenarse (¡con la que está cayendo!), tal vez una matrícula en la UNED para mejorar nuestra cualificación, una oferta de segunda mano con pocos kilómetros para comprar un coche que nunca hizo falta que fuera nuevo o incluso una oferta de trabajo... ¿por qué no? ¿Alguien puede asegurar que este será un crudo invierno?

No voy a quedarme sentado a ver si se confirma lo que auguran los pesimistas. Porque en nuestro país hay mucho por hacer, por crear, por disfrutar. Y eso que no hemos hablado de la nieve, que parece que caerá. Y ya se sabe, año de nieves...

Creo que nos sobran los motivos para abrigarnos bien porque será un invierno frío, pero como todos los inviernos y habrá que saborearlo en cada momento. Tal vez con un buen libro en casa mientras caen los primeros copos, con una buena tertulia de amigos, como las de antes, con un juego de mesa en familia. Quizá con una buena excursión por ese camino que conocemos desde que éramos niños y no necesitábamos tantas cosas, ese sendero al que no hemos vuelto y que seguro que nos parecerá más pequeño y menos misterioso de lo que  nos parecía entonces y después... un caldo  con una chispa de Jerez para calentar el alma.

Así puede ser el invierno, un momento para el progreso personal, a pesar de los malos momentos, una época fértil para sembrar lo que pueda crecer en primavera, un periodo de prueba para darnos a conocer y ofrecer lo mejor de nosotros mismos, una oportunidad para demostrar que podemos seguir siendo mejores, que sabemos renovarnos, que podemos pasarlo sin miedo.

Porque, al final, el invierno pasará tan rápido como pasa el otoño y casi nos dará rabia no haberlo aprovechado. A pesar de los pesares, éste no tiene por qué ser un crudo invierno. Dejémoslo en poco hecho. En realidad, está por hacer.










viernes, 11 de noviembre de 2011

EL HOMBRE MANSO

España es el país europeo donde más horas se trabaja al año, más de 1770 horas. 
Los alemanes necesitan 343 horas menos para hacer lo mismo. Y la OCDE nos recuerda como siempre: también somos los menos productivos.
Nos sobran horas en la oficina, aunque debemos poner en nuestro haber las virtudes de los españoles en el trabajo. Muchas de ellas son inmejorables, nuestra capacidad creativa, nuestro impulso inicial ante un nuevo proyecto, la generosidad, el compañerismo, la solidaridad, el ambiente en el trabajo. Pero también debe reconocerse nuestra afición a la calle, al encuentro, a salir a tomar algo después de trabajar e incluso antes de terminar. Ahí falla algo.

Organismos como el Centro de Estudios Sociológicos denuncian que la costumbre española es estar "de trabajo" todo el día en jornadas improductivas de 9.00 a 20.00, en vez de 9.00 a 17.00 como en el resto de países europeos. Las principales consultoras especializadas en recursos humanos, como Creade, reconocen que la baja productividad está haciendo a las empresas replantearse la organización laboral. Y ahí se topan con que el primero que no quiere cambiar esa dinámica de seguir por la tarde es el propio jefe, acostumbrado a "echar horas" en el lugar que menos le molesta: prefiere estar en su silla antes que en... ¿lo adivinan?

Seguimos alargando nuestra jornada laboral demasiado por el hecho de “hacer horas” o quizá de “hacer que trabajamos”, aunque el trabajador masculino padre de familia o pareja de mujer trabajadora, es el primer causante de esta forma de actuar, como si en el fondo escondiera una causa inconfesable para seguir en el trabajo.

En Alemania están mal vistos los que, pasada la hora, se quedan en la oficina. Se les mira de aquella manera pensando que no han sabido gestionar su tiempo y necesitan más horas para hacer lo que ya han hecho todos. En España eso es al revés, sinónimo de interés por el trabajo. En Berlín, eres un incompetente que haces gasto en la empresa.

Los estudios sociológicos aseguran, por otra parte, que las mujeres trabajadoras españolas son las que mejor organizan su tiempo, las que más producen, las que siempre tienen sus deberes al día. Entonces, ¿por qué siguen cobrando menos, por qué tienen que demostrar más que los hombres, por qué acaban antes y se desesperan esperando a que sus jefes terminen y se vayan?

El secreto inconfesable que admiten miles de españoles a sus colegas de barra está cada día más al descubierto. Seguimos siendo un país machista, cuyos machos se morirían en casa a las cinco de la tarde. Desde el presidente de la compañía hasta el último de su empresa, odiarían estar repasando deberes con los niños, haciendo la compra o simplemente estando en casa. El trabajo en la oficina fue y sigue siendo la gran excusa para no volver hasta que la cena esté hecha y los niños a punto de acostarse. Prefieren alargar la jornada, alargan la agenda y eso perjudica la efectividad de la gestión diaria de su empresa. Es una excusa inconsciente, casi antropológica, instalada en el instinto animal de que un hombre en casa demasiado temprano es digámoslo así, un "hombre manso". 

De hecho, uno de los principales tormentos de los que de pronto se encuentran con una jornada continua o tienen la mala fortuna de ir al paro es estar en casa a la caída de la tarde, cuando llegan los niños, mientras recuerdan los tiempos de la cañita que se estarían tomando a esa hora en el bar de la empresa.

Es difícil de entender que necesitemos hasta dos horas para comer, cuando en Europa se come frugalmente en cuarenta y cinco minutos, ¡con lo que cuestan la luz, la calefacción y el aire acondicionado hasta las ocho de la tarde! Sólo se entiende si atendemos a un criterio sociológico que demuestra que nos hace falta ser más prácticos, más europeos.

¿Dónde están los sindicatos (cuyos líderes son siempre hombres) pidiendo menos tiempo para comer y salir antes del trabajo?, y ¿dónde están los empresarios pidiendo a sus directivos que se olviden de la comida de empresa, considerada por los expertos la gran enemiga de la productividad y la conciliación?,  ¿nos imaginamos todos en casa a las cinco, como los alemanes, comprometidos en la tarea de los niños... sin café de máquina a media tarde, sin cerveza al salir de trabajar, sin charleta con los colegas?

En España, algunas empresas como la Fundación ONCE cortan la electricidad desde 2008 por las tardes, para que nadie pueda quedarse más tiempo. El teletrabajo parece en Europa otra de las grandes opciones que más se están aplicando: muchas compañías permiten a sus empleados estar un día en su casa y trabajar desde allí para ahorrar costes o salir antes y terminar sus cometidos en una hora suelta desde el domicilio.


En España no superamos el 5% de teletrabajadores. Cuesta irse del trabajo. Y en nuestro país las únicas que acuden sin perder un minuto a casa son las mujeres, casadas o no. ¿Porque son más europeas? No, según estos estudios, porque administran mejor su tiempo.


¿Se imaginan una España gobernada por madres directivas en la proporción de hombres que hay ahora?, ¿todavía creen que estaría la luz de la oficina encendida a las ocho de la tarde? Ya sé que no tiene por qué ser una cuestión de sexo. Bueno, atendiendo a estos indicadores, un poco sí.






martes, 25 de octubre de 2011

LA EMOCIÓN VASCA

El nacionalismo no es una idea política, es un sentimiento. Una pasión que engloba a las cuatro emociones universales: la tristeza, la rabia, el miedo y la alegría, según el manual de psicología moderna.


Esas cuatro emociones forman un círculo de hierro forjado como el que adorna la barandilla más famosa del mundo, capaz de resistir el embate de la intempérie más dura . Un círculo vicioso que ha sido el patrón del nacionalismo, entendido como concepto, sin siglas, aquí y fuera de aquí. No hablamos de política sino de emociones.




el nacionalismo nace sin nación previa, de la mente de alguien resentido con la vida, pero es legítimo.


Decía Jon Juaristi, antiguo miembro de la ETA más histórica e idealista, ex director de la Biblioteca Nacional, escritor y autor del ensayo El Bucle Melancólico (Premio Nacional de Ensayo 1998), que la nación no preexiste al nacionalismo. En el caso del País Vasco, eso es tan cierto como histórico, que nunca existió un estado, país o nación vasca más de lo que existe ahora. Euskadi, Euskal Herria (con las tres provincias francesas Lapurdi, Benavarra y Suberoa), La Gran Vasconia (no quieran saber hasta dónde puede llegar) o Vascongadas (como lo llamaba Franco y curiosamente ahora Bildu) son un concepto moderno forjado legítimamente en los últimos 100 años, pero carente de historia real. En todo caso hay que respetarlo porque el nacionalismo nace así, sin nación previa, casi siempre de la mente de un resentido con la vida, con alguien cercano, sus padres, su familia, su entorno.


el nacionalismo es una emoción y las emociones se sienten, no se someten a votación.


Tenemos ejemplos sobrados en la historia. Nace de una pena individual (o sea, de un hombre quizá maltratado) que se lamenta de no haber sido feliz y por eso crea la nostalgia de lo no vivido, y su vida se convierte en un aullido contínuo a la luna que nunca le deja mirar hacia adelante. Nace de una melancolía que tanto daño le hace a él, individuo promotor de esa nostalgia, como al colectivo al que subyuga.


De pronto, muchos quieren ser así, nacionalistas. Y con el paso de los años ese sentimiento de tan fácil arraigo acaba extendido como una verdad casi incuestionable. Sin embargo, es legítima. Todos podemos decidir ser algo nuevo de repente. Los demás deben asumirlo, respetarlo. Sobre todo si cada uno defiende su idea en la plaza pública, abierta y democrática que es nuestra sociedad. Otra cosa es que la mayoría de los que acude a votar a dicha plaza acepte los deseos de los que tienen ese sentimiento. Eso es la democracia , pura razón: defiendo mis ideas y si no logro los apoyos, acato la mayoría y ya volveré a intentarlo al día siguiente (o cada cuatro años).


Pero el nacionalismo radical no es una razón, no va por ahí. Acepta la democracia si lo suyo no hay que votarlo. O si vota y gana, claro. Y tampoco se le puede reprochar esto. Porque el nacionalismo es una emoción y las emociones se sienten, no se someten a votación. Surgen de lo más primitivo de cualquiera de nosotros y en el caso vasco, de la necesidad de pertenencia a una tierra madre, a una tribu, A El linaje de Aitor, a la defensa del territorio legendario (legendario viene de leyenda), a los dominios pseudo tolkinianos de Amaia y los vascos en el Siglo VIII, de pertenencia a una raza de vascones como la que tan bien fantaseaba Navarro Villoslada o de vizcaínos, en el caso de Sabino Arana en su artículo ¿Qué somos?, escrito en 1895.


del nacionalismo primero nació la nostalgia por lo que podría haber sido y no fue, provocando una pena crónica.


Todo eso acurruca y reconforta al colectivo y a su líder; toda esa mitología lo defiende de los hostiles amenazantes, como un imago protector, allende los montes. Emocionante, sin duda, incluso para alguien de fuera. Y desde Arana Goiri hasta nuestros días ese sentimiento ha ido pasando por las cuatro emociones fundamentales:


La tristeza: porque del nacionalismo primero nació la nostalgia por lo que podría haber sido y no fue, provocando una pena crónica. Esto es quizá el patrón más extendido contra en el que trabaja a diario la psicología universal para curar a sus pacientes. Y todos los terapeutas coinciden en que estar triste por lo que nunca fuimos no nos deja mirar al futuro, nos atasca, nos retrae, nos impide socializarnos y hace que veamos en el otro a un enemigo con el que nada debemos compartir. En la tristeza entramos en una queja perenne, en ese bucle melancólico al que nos habituamos y del que nunca nos atrevemos a salir, sobre todo porque ya estamos acostumbrados a él.


El nacionalismo de Euskadi sobrevive gracias a esa tristeza continua que un día nació de la visión de Arana Goiri nada más morir su ama (madre) por cierto, al empezar a escribir sobre la patria nunca existida pero reivindicada. Así, tomó la legendaria, que no histórica, batalla medieval de Padura como la génesis del Señorío de Vizcaya y sus fueros. No pudo irse más lejos el de Abando para asegurar que ya entonces existía un sentimiento vasco (entonces sólo vizcaíno) hasta hoy reprimido, parece ser, por el invasor leonés o castellano. Seis siglos después quiso recrear una realidad que aunque basada en una leyenda tenía todo el derecho a inventarse y a alimentar. Entonces el nacionalismo se dejó llevar por la segunda de las emociones básicas del hombre:


La rabia: seamos sinceros, ni la república ni especialmente el franquismo ayudaron mucho a contenerla. Fue más bien una larga mecha de casi cuarenta años que necesitaban los melancólicos para hacer estallar por las bravas su proyecto. Esa rabia contenida se extendió a mordiscos y los contagiados echaban espuma por la boca hacia una España tan obsesionada por la unidad como Franco, otro melancólico de tan dura infancia como Arana. Otro alma ofendida que se lamentaba de que la nación en la que vivía no estaba tan unida como la que llevaba dentro. Pero esa unidad española era un subterfugio, una manera de querer ser dueño de toda España, cuanto más unida, más suya. Lo mismo le pasó al dictador alemán, al italiano, al ruso, al cubano, al argentino, al iraquí, al tunecino, al libio. A todos les pudo la emoción. Y eso siempre tiene un coste que debemos de aceptar.


todavía pagamos su rechazo, su odio, sus ganas de irse. Aquella España franquista todavía no deja respirar a esta.


La España del Movimiento despreció a Euskadi, a su lengua, a su historia y somos nosotros, sus nietos, los que les miramos perplejos diciendo: ¿cuándo se os acabará la rabia, cuándo empezaréis a querernos?. Nuestros abuelos os hicieron daño, no nosotros. Por eso pagamos todavía su rechazo sempiterno, su odio, sus ganas de irse. Reconozcámoslo, aquella España franquista todavía no deja respirar a esta. Y en plena decadencia de la dictadura, cuando a los muros del régimen empezaron a salirle ratas por las grietas, apareció la tercera de las emociones universales:


El miedo: Así surge ETA, de entre los muros de las iglesias, en los txocos de los caseríos, al final de las aulas, sobre la húmeda lonja del puerto, en los senderos del monte, con la intención de formar un ejército de revolución que luchara con las armas por un sentimiento, por la emoción vasca. De nuevo, otro error.



La idea de guerrilla justificada inicialmente, como podían serlo las de otros países con regímenes opresores devino en puro terrorismo. La expresión de esa rabia fue tan grande como para pasar la línea roja, la que distingue a los que matan de los que no lo hacen. Supongo que ahí empezaron a descolgarse los Juaristi, Onaindía y compañía. La España de entonces era terreno abonado para los atentados, considerados a veces casi como una respuesta comprensible al régimen. ETA llegó a arrogarse incluso el mérito de haberlo finiquitado con el asesinato de Carrero. En Euskadi, los terroristas comienzan a matar y los que no lo son, a mirar para otro lado.


Tras más de ochocientos muertos y más de cuarenta años, casi otra dictadura, de guerra sin cuartel (a veces sucia), ETA acaba acorralada. Pero su lucha no ha sido en vano y su posible adiós a las armas puede que tampoco. La banda terrorista se sabe derrotada, asfixiada incluso por los suyos, que parecen decirle: sé lista. La muerte ya no vende como antes entre los nuestros y ahora lo que toca es usar la palabra, jugar a su juego, a la democracia de la plaza pública. Vamos a demostrarles que ya no necesitamos pegar tiros para ganar voluntades y en el peor de los casos les diremos:¿veis cómo sin muertos tampoco nos dejáis ser independientes? , y si no nos dejan siempre podremos empezar de nuevo, volveremos a la tristeza, de ahí a la rabia, de la rabia al miedo y del miedo a... ( de nuevo el bucle melancólico). Pero estamos contigo. Lucharemos por la independencia". Eso parecen decirle a ETA.


Que cada uno defienda lo que quiera hasta conseguirlo... o no. Y si es no, saber aceptarlo razonablemente.


Y un buen día llega el momento. ETA anuncia que se acaba la violencia y ella y los que la rodean y los que están aún más lejos de los que la rodean e incluso otros que están aún más lejos... todos se imbuyen de la cuarta gran emoción:


La alegría: esta sí nos llega a todos. A unos porque respiran aliviados y a otros porque de antagonistas pasan a ser protagonistas, o sea que siguen teniendo un papel estelar en esta película. La alegría es alegría en todo caso. Disfrútela cada cual como quiera. Antes se mataba y ahora ya no. ¿No merecen un premio los vascos por haberlo arreglado? Sinceramente, puede que sí. Pero el premio debe ser vivir en paz, acostumbrar a esa gente oscura a levantarse por las mañanas e ir a trabajar, no otro. Más tarde, acudir a la plaza del pueblo y proponer sus ideas por imposibles que sean, incluso sus ansias de independencia una y otra vez. Que cada uno defienda lo que quiera hasta conseguirlo... o no. Y si es no, saber aceptarlo razonablemente. Dejar la emoción que tanto daño les ha hecho y mirar hacia su futuro individual, a la prosperidad de su familia, no tanto a la de una nación vasca, gota de agua en Europa, que quizá sólo es un pretexto demasiado universal para no ocuparse de uno mismo.


Hay alegría, si, pero no para todos. No para las víctimas que merecen al menos saber que los que mataron pagaran su pena. Hay alegría, si , pero a mí se me acaba donde empieza otra vez la tristeza. No la mía, la de Ermua, Vic, Zaragoza, Vallecas y ...¡ciudado!, ¿lo ven?, casi no me doy ni cuenta y caigo yo también en el bucle melancólico. Estén alerta, puede atraparnos en cualquier momento. Por mi parte, sólo ha sido un instante de emoción.

martes, 18 de octubre de 2011

EL RIO NACE LIMPIO

Aproveché el pasado festivo entre semana para recorrer con mis hijos una ruta fluvial cuyos parajes no tienen nada que envidiar a los de cuaquier parque nacional de la Península Ibérica. Hay bosques de pino albar, carrasco,encinas, helechos, jarales olorosos aún en estas fechas, enebros, alamedas frondosas, canchales para tomar el sol o leer un libro. Y todo ello entre roquedos majestuosos, berruecos monumentales y una garganta, la del Manzanares, a pocos kilómetros de su nacimiento, junto a las cumbres de Peñalara, en plena Sierra de Guadarrama, al norte de la provincia de Madrid.





Es el curso alto de un río de agua cristalina que nace puro, limpio y ágil, como la mente de un niño, bajando juguetón entre lajas de granito pulido hacia Manzanares el Real. Pero cuando crece, como el ser humano, se contamina, envicia su fondo de fango y lodo, como se llena el cerebro de cualquiera de nosotros hasta acabar siendo un río maduro, adulto, incapaz de sorprender a casi nadie. Uno más, como todos cuando crecemos.



Pero al nacer, el Manzanares es una promesa en ciernes, igual que el ser humano. Capaz de lo mejor siempre que tenga el apoyo necesario. Esa parte del río es un lugar único, para quedarse a vivir. Así lo han hecho desde los años 50 muchos madrileños a los que el desarrollismo de los años 60 dejó hacer auténticas barbaridades de edificaciones contra la naturaleza que soportaremos aún muchas décadas y quizá, todo lo que nos queda de siglo, como poco. Las urbanizaciones entraron en el monte bordeando el río hasta ahogarlo. Pero aún queda un paso estrecho, una senda entre arbustos, chopos y otros árboles que permite dar uno de los paseos de montaña más accesibles y genuinos del Sistema Central.



La ruta se adentra en una garganta, hacia el refugio de Giner de los Ríos, el Canto del Tolmo, Collado de la Dehesilla, Senda Maeso y, de nuevo en la cara sur del monte, el gran Yelmo de la Pedriza, el macizo granítico más importante de Europa. En este tramo de la Cuenca Alta, el Manzanares es un río joven, atrevido, rebelde, ya digo, prometedor. Pasear por allí una tarde de otoño es volver a la vida, un sueño del que uno no quiere despertar mientras observa las truchas nadar corriente arriba, en una de las aguas más claras que hay en Guadarrama. Conejos, rebecos, cabra montés (traída de la Sierra de Gredos, eso sí), y en lo alto, el buitre leonado, cada día más hambriento desde que se le acabaron los muladares.



Pero en ese día festivo, despertar del sueño no fue muy complicado. Mis hijos, sus amigos, sus padres y yo acabamos hartos de ver en las orillas papeles, plásticos, botellas y demás contaminantes, huellas evidentes del campismo desaforado, botellones de anochecer e incluso profilácticos de todos los colores de parejas efervescentes que sólo saben cuidarse ellos mismos. ¡Madrileños, senderistas, vecinos de la zona!... no podemos arruinar el bosque, sus ríos, sus meandros, sus rutas señalizadas y cuidadas por los que sí respetan la naturaleza.



Sirvan estas líneas para animar al ayuntamiento competente en la materia a hacer batidas de limpieza y hacerlas ya. Como un padre haría con su hijo pequeño, a pesar de que se manche, de que su mente poco a poco se contamine. Siempre se puede ir limpiando para dejar los mejores valores en el fondo, donde en vez de cieno quede arena pura, sin casi deshechos.



La educación ambiental deja mucho que desear en Madrid y sus alrededores. Supongo que eso es extensivo a otros lugares naturales en España, en el mundo. Nadie sale al campo con bolsas de basura, sólo con bolsas llenas de lo que luego será basura y quedará tirado en el monte. Si no limpiamos el río, como nuestra mente, El Manzanares de La Pedriza acabará tan negro como el que todos conocemos, aguas abajo. Cuidarlo desde su nacimiento es cuidar es río que llevamos dentro, el de nuestros hijos, para que fluya limpio desde el principio.

jueves, 6 de octubre de 2011

LAS BICICLETAS SON PARA LA CRISIS

Llegará el frío, sin duda, pero estamos teniendo un otoño como para salir a trabajar en bicicleta cada mañana, aunque no lo hagamos. Y si no lo hacemos es porque no estamos dispuestos a cambiar. Y como muchas otras cosas buenas que nos traen los malos tiempos, cada vez vemos a más vecinos utilizar los pedales para sus desplazamientos.

En España hay varias localidades que ya pertenecen a la Red de Ciudades por la Bicicleta. Qué buena idea, aunque sigamos siendo de los últimos pero algo es algo. Porque es tiempo de cambio, de renovarse, de echar cuentas al bolsillo y al cuerpo y de darse cuenta de que podemos usar la bici para mucho más de lo que la usamos.


Y eso que cada vez somos más: según el último Barómetro Anual de la Bicicleta en España presentado en septiembre por la DGT, el número de personas que utilizan casi a diario la bicicleta por deporte o para moverse ha pasado de 2 millones en 2008 a 3 millones en 2011. Un 50% más en 3 años.


España es un buen lugar para los que se decidan. Porque su clima es perfecto para la bicicleta. Podemos hacerlo. El cambio está en utilizarla a diario, como en muchas ciudades y pueblos de la vieja y fría Europa, cuyos vecinos van en sillín soportando temperaturas y lluvias que aquí apenas tenemos.



Somos el mejor país para dar pedales y casi el peor para utilizarlos. Todo está en la mente, en la actitud ante el cambio. Y no podemos decir que nuestros ayuntamientos no nos ayudan. El carril bici está por todas partes, pero sigue siendo un gran desconocido y malentendido. ¿Tiene que aumentar la crisis hasta el punto de llegar a necesitarlo porque todo el mundo se quedará si dinero para gasolina?




Espero que no, que no necesitemos ir en bici para descubrirla. Para los más incrédulos, para los que prefieren seguir echando humo, quizá una ecuación a base de lo que nos ahorramos en gasolina y ganamos en salud pueda convencerles. Podemos animar a los que se resisten a pedalear asegurando que ese ejercicio diario mejorará su físico pero también su cerebro, su forma de ver la vida, tenga los años que tenga.




Porque estamos hechos para estar en movimiento y nuestro metabolismo lleva miles de años preparado para la actividad, no para el sedentarismo absoluto. La crisis es una buena excusa para ahorrar dinero, ganar salud y autoestima. Nuestros pueblos son todo un aliciente para conocerlos a diario con un paseo en bici hasta la tienda que abrimos cada mañana o la oficina que nos espera.




Y si vamos a la gran ciudad, ya lo saben: RENFE-Cercanías deja por fin subir la bici, incluso en horas-punta. No sé si habrán montado en bicicleta este verano, pero da gusto utilizarla este otoño cálido para atravesar la crisis de lado a lado.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

NO ESTAMOS TODOS

Comienza el nuevo curso. Los pueblos, comarcas y ciudades vuelven a llenar sus calles y sus carreteras de coches y autobuses escolares. Llego al colegio de los niños y vuelvo a ver caras familiares en el equipo de fútbol pero... faltan algunas que deberían andar por aquí. Más tarde mis hijos confirman las sospechas. Hay más ausencias que otros años. Será casualidad, o no. Hablo con otros padres, con profesores. Si, este año falta más gente de la cuenta y creo saber el motivo.


Durante este verano yo mismo he tenido que decir adiós a algunos amigos y conocidos, vecinos o amistades que tienen algo en común: tienen que salir de Madrid, de España. Unos viajan a la Europa más alemana, otros se van a hacer las arabias, los hay que viajan a Sudamérica, Estados Unidos o Canadá. Países a donde no hubieran pensado ir hace pocos años o incluso meses. Lugares reservados para viajar de vacaciones, nunca para empezar de nuevo.


Así es el momento en que vivimos. Una época que comenzó hace casi cuatro años y que poco a poco ha ido cambiando el semblante de nuestro país, de nuestra comunidad autónoma y de nuestros pueblos, incluso en áreas residenciales como las que he citado. De la precariedad de empleo basura pasamos a la dificultad de mantener nuestro trabajo. De esa amenaza pasamos a conocer a alguien cuyo pariente cercano lo había perdido. Más tarde era un vecino conocido, otro día un amigo íntimo o un hermano y por fin nos toca a nosotros.


Con el paso de los meses las prestaciones se van acabando al mismo ritmo que los ahorros, hasta que un buen día, uno de los nuestros nos dice: “lo hemos hablado en familia. Hay una oportunidad de trabajo interesante fuera de España, nos vamos”. Y se nos queda un gesto entre la admiración y la pena. Pero todos sabemos que una opción así es una fuente de energía. Una vacuna contra el desánimo y por fin una buena decisión que nos retrata, que define el espíritu de los que lo deciden.


Si hay que hacer las maletas se hacen. Los hijos, niños y no tan niños, sabrán adaptarse y mejor que nosotros, seguro. Las posibilidades ahí fuera se multiplican para muchos profesionales liberales y con formación que aquí empiezan a amontonarse. Otro país, otra comida, otra lengua y otra vida inesperada pero seguro que apasionante.


Cada vez seremos más españoles por el mundo, quizá no tan maquillados y editados como los que vemos en la tele, pero con la misma sonrisa, la que nos define como luchadores. Todavía no me ha tocado pero cuando esta mañana no he visto a los que faltaban a la entrada del colegio, he pensado: si tengo que hacer como ellos seré un afortunado. Buena suerte a todos, aunque no estemos todos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

EL SONIDO DE MANHATTAN





Hace diez años que cambió todo. Y durante este tiempo la guerra continua se apodera del mundo poco a poco. Ahora se mantiene en forma de crisis, antes en forma de terror. Sobrevolé el cataclismo en que se convirtió Nueva York en el primer avión que pudo cruzar el Atlántico hacia Washington tras la caída de las torres gemelas. La columna de humo se dejaba llevar por el viento del este hacia New Jersey, como si quisiera recorrer y atemorizar a todo el país hasta llegar a la costa oeste.


La isla de Manhattan era un volcán en erupción. El comandante nos invitó a mirar ahí abajo y pidió que rezáramos con él. Creo que todos lo hicimos al ver el desastre. Hasta los que no sabían hacerlo. Rezar es buscar ayuda. Aunque no llegue. Bajo esa columna de humo muchos la necesitaron.


Recuerdo los sonidos de aquellos días. Los gritos, las sirenas, las declaraciones, las imágenes de lo que quedó en la Zona Cero, mi paseo por el Pentágono (donde explotó de todo menos un avión de pasajeros, por cierto), las caras de los americanos, el gesto de impotencia de un pueblo que por fin se enteró de lo que era el terrorismo.


América sabe pelear en las guerras, son parte de su historia. Las provoca, las declara, las tolera, las termina, las pierde, pero nunca se había enfrentado a esto. Hasta esa fecha, Estados Unidos sabía luchar contra el enemigo visible no contra un fantasma, por eso dolió tanto.


Han pasado diez años desde aquel viaje. He recuperado en la memoria los sonidos de aquella historia. Aquí podéis escucharlos. Son cuatro minutos, uno por cada cuarto de hora que duró la pesadilla aérea. Supongo que volveré a oírlos como mi padre recuerda los tiros que le pegaron a Kennedy, porque hay sonidos que son para siempre.


Yo viví el 11-M envuelto en sonidos, no en imágenes. Cada palabra, cada grito, cada explosión se grabó en mi memoria, en mi grabadora analógica de entonces que utilizaba en la cadena de radio Onda Cero. Después vino la guerra de Irak, que también tuvo sonidos, pero esa es otra historia. ¿O es la misma?






lunes, 5 de septiembre de 2011

ESPAÑA ENTERA

La reforma de la Constitución Española, que limita el déficit del Estado por ley, puede ser el principio del fin del Estado de las Autonomías, tal y como lo conocemos. Porque ése es el verdadero debate de fondo. El debate y la causa principal de que gobierno y oposición se hayan puesto de acuerdo en modificar la Carta Magna en menos de 72 horas. Y eso lo saben muy bien los que mejor hilan en política en este país: los nacionalistas. Equilibrados muchas veces, interesados otras, pero poco a poco fuera de sintonía con una Europa que aglutina y no atomiza. Por eso están que se muerden los puños antes y después de la aprobación de la reforma.



Porque su condición de ideología de centro-derecha les invita a seguir esa línea de contención del déficit por ley, pero la parte emocional de la pérdida de soberanía que conlleva, no les gusta en absoluto. Para ellos, nada puede afectar a sus territorios históricos si no es con su acuerdo y consentimiento. Todo vale, incluso reformar la Constitución, pero si lo dicen ellos. Si no, no votan. Y España parece no estar ya para tenerles tantas atenciones.



La conclusión es clara: nos sobra ideología y nos falta sociología. Lo que no ha conseguido ningún partido mayoritario en el poder durante 30 años (véase UCD, PSOE o PP) lo puede lograr la crisis. O mejor dicho las medidas que nos obliga a tomar Europa contra la crisis. Desde Bruselas y desde Madrid no les van a dejar gastar más dinero y lo que gasten estará mirado con lupa desde fuera, con lo poco que les gusta eso a CiU y PNV.




Y el todavía presidente Rodríguez Zapatero, maestro en poder decir siempre "yo busco siempre el acuerdo", justifica esta medida obligado por un tercero, esta vez por la UE. Así los nacionalistas vascos y catalanes o incluso el PSC (Partido de los Socialistas de Cataluña) no podrán decir que actuó contra ellos, sino presionado por la supra nación europea.




Y es que Europa, al final, puede que nos haga afrontar de golpe el gran problema de este país y por el cual tenemos en gran medida la crisis financiera que tenemos: sus autonomías, sus 17 reinos de taifas, su gasto desmesurado a base del "...y yo más". De Pirineos para arriba nos conocen bien y saben cómo funcionamos históricamente. Para estar en el club de los 27 es mejor evitar la trapisonda, la picaresca, el gusto por aparentar y poco producir, algo que quizá se dé también en otras tierras, pero que aquí no nos hace tan competitivos.




Francia, Inglaterra, Alemania... es cierto que nos sacan muchos años de ventaja. Pero no en todo. No en solidaridad, en tolerancia, en simpatía, en generosidad; pero sí en desarrollo, en administración de cuentas y quizá también en respeto por nosotros mismos y por el vecino.




Estamos ante una reforma inopinada, ante la demostración de que cuando los dos grandes quieren, pueden. Incluso reformar una Constitución. Quizá este país necesite una mayoría absoluta fuerte y que dure más de ocho años, sea del partido que sea, pero una mayoría que acabe con los privilegios, con las diferencias, con las especificidades de los que quieren ser diferentes (que al final son todos) y que tanto nos cuesta su diferencia. Me pregunto¿ no sería más rentable, más equilibrado, más social... una España más homogénea económicamente, más entera? Todos, incluso ellos (porque todavía hablamos de ellos y nosotros), saben que sí.

miércoles, 17 de agosto de 2011

DE MADRID AL SUELO

En estos días me toca cubrir los actos del JMJ y la visita del Papa, Benedicto XVI. Madrid es una ciudad que casi está en estado de excepción: cortados durante siete días los ejes centrales de Prado-Recoletos y Plaza de España-Gran Vía hasta Cibeles. Más de 60 líneas de autobuses han cambiado su ruta habitual y se cierra el espacio aéreo para los vuelos privados, además de cortes eventuales de calles afectadas por el dispositivo de seguridad.


No cabe duda del interés de Ayuntamiento y Comunidad de Madrid por ofrecer el máximo de seguridad y comfort a la organización de la Jornada Mundial de la Juventud. Sin duda estamos ante un evento de máximo interés social y mediático mundial que seguirán 700 millones de personas por los medios de comunicación de más de 170 países. Madrid es estos días punto de atención del planeta.


Nada que objetar, salvo un exceso de celo por apoyar y ensalzar una visita con la que muchos madrileños no comulgan o ignoran, pero que tampoco rechazan. Por suerte, siempre es así, pase lo que pase. Así es mi cuidad: abierta, tolerante y ejemplo de resignación cristiana y de la otra, ante las continuas manifestaciones de fe, deseo o denuncia que siempre ocupan sus calles.


Madrid tiene más paciencia que el Santo Job. Soporta los gritos de los indignados, sus acampadas imitadas por el resto de Europa, las protestas de sindicatos, de agricultores, de funcionarios, las fiestas orgullosas de gays y lesbianas hasta altas horas, la invasión de los peregrinos que por ahora no consumen más que bocadillos y agua mineral y también las manifestaciones contra el Papa.


Vivimos en la ciudad altavoz del mundo, donde todos pueden decir y hacer de todo, envidiada por ser la capital que luego les deja a todos hacer lo que en su ciudad no nos dejan, donde unos se manifiestan contra lo que manifiestan otros, donde se puede ser perroflauta, católico, ateo, transexual, vasco, catalán, o culé e ir, por cierto, a Cibeles con la camiseta del Barça a "celebrar" la victoria azulgrana; donde se puede ir con velo y rezar a Alá en una gran mezquita, donde se celebra el año chino o el Ramadán, aunque se ataquen los pasos de Semana Santa, donde se puede llevar a hombros a José Tomás y protestar contra los toros. No nos importa de verdad. Si ése es vuestro deseo, aquí podéis hacerlo.


Porque Madrid es el mundo entero; un aleph castizo donde cabe hasta la última opinión, hasta el último grito. ¿Que por qué somos así?, no tenemos la respuesta. Tampoco tenemos bandera, idioma especial ni moneda. Quizá nos falta amor propio o conciencia de grupo, como los que denuncian o profesan.


Sólo pedimos un poco de compasión. Somos tan de todos que no podemos ser nosotros mismos, que no nos queda tiempo ni lugar para vivirnos. Por aquí vuela tanta gente que sólo podemos ir de Madrid al suelo. Hemos perdido la costumbre de mirar al cielo, de ser madrileños. Aunque empiezo a pensar que hace tanto que no lo somos que serlo significa ya no serlo. Soy de Madrid, igual que vosotros. Así que haced un hueco y dadme la bienvenida, los que venís de fuera.